De las muchas voces que andan sonando por ahí, quizás no del todo por ahí, sino en discos viejos, por qué no en vinilos, en ediciones nuevas, hay dos o tres que saben cautivarme enteramente. Los asiduos oyentes saben de mi amor por Billie Holiday, de mi disfrute al escuchar a Louis Armstrong, pero probablemente pocos sepan lo que me ocurre al escuchar a Chet Baker. Esto no pretende ser una apología de mis intereses, sino solamente una invitación a compartir la agradable sensación al escuchar al trompetista flaco, suave, lento, delicado, que con una música no menos simple, ofrece una magistral clase del jazz que solamente él sabía interpretar.
Chet Baker descubrió sus habilidades musicales en las bandas militares, pero rápidamente conoció el éxito al tocar con grandes músicos como Stan Getz, Gerry Mulligan o incluso Charlie Parker. Por demás atractivo, su estilo musical -que podríamos calificar de "cool jazz", aunque esa denominación me parece demasiado ajena para mi dialecto argentinizado- reflejaba su elegancia y belleza, cualidades que yo misma insisto en resaltar al tratarse de Baker en particular. Sin embargo, no sólo su aspecto es interesante, también lo es su personalidad. Baker, adicto a la heroína desde la década del 50, llegó al punto de vender sus instrumentos para satisfacer sus hábitos, siendo deportado numerosas veces de los diversos sitios donde se asentaba, y contando en su prontuario numerosas peleas callejeras que lentamente, a la par de las drogas, iban arruinando su "semblante perfecto" de galán; semblante que terminó de arruinarse, sí señores, al caer de la ventana de un hotel en 1988. (Es decir, Chet Baker no fue tan piola como Frank Sinatra, si vale la comparación por lo menos en este aspecto de mantener el "look").
Lo cierto es que el combo Baker de trompeta, más drogas, más voz suave, invitan a uno a sentarse, tomarse alguna buena copa y escucharlo tranquilamente (recomiendo ampliamente sus baladas, de voz desgarrada y aguda, de un sentimentalismo bastante atrapante, como por ejemplo Almost Blue). Mejor -siempre- por la tarde, y con tiempo para entrar en ese pequeño lapsus de placer sin interrupciones telefónicas, paseos de perro o delivery que toca el timbre. Hay de todo un poco: lo instrumental, lo cantado. Ustedes eligen.
Quedan así, como siempre digo, invitados a participar del "efecto Baker", estado que intentaremos ir descubriendo en la nueva sección jazzera de Blues Medley. Disfruten.







